El anciano se arrebujó en su capa para protegerse del inclemente frío que parecía surgir de aquel lugar. Le castañeaban los dientes y, de vez en cuando le acometían unos temblores incontrolables, pero no solo era el frío, el anciano estaba además muerto de miedo.
-¿Seguro que vendrá? -preguntó el capitán de la guardia del rey.
El fornido caballero sostenía una antorcha en lo alto y miraba a su alrededor atento. Aunque no temblaba como el anciano, su mirada también poseía una sombra de miedo cuando, alguna que otra vez y con disimulo, dirigía su mirada tras él, a la puerta de piedra que llevaba a la Cripta de los Reyes.
El anciano miró intranquilo a su alrededor mientras murmuraba una oración a los dioses.